Rescatamos hoy un pequeño incidente sin mayor trascendencia, pero que puede proporcionar un atisbo sobre cómo eran las relaciones con la Administración en aquellos tiempos del Movimiento
Una tarde desapacible de diciembre los dos D. Antonio, volviendo de Vilanova, se cayeron en un hoyo, literalmente. Eran entrados los sesenta pero el desarrollismo no había alcanzado aún nuestras carreteras. Tal era el deterioro de la red vial que hablar de baches resultaba un eufemismo. Tan grande debía ser el socavón que ni fueron capaces de sacar el coche.
- Antonio hijo era un hombre tranquilo, pero le exasperaban la desidia y la incompetencia. Así que se puso a enviar telegramas, a la Jefatura de Obras Públicas, a la Diputación, al Gobernador Civil…, y entonces ¡Hasta aquí podíamos llegar! apareció la Autoridad –con mayúsculas- para recordarle que en una autocracia, por principio, la denuncia de la negligencia se considera libelo, un insulto a la autoridad, a “mi Autoridad”.
- Antonio era posibilista, no en vano estudió con los jesuitas, conocía como se las gastaban las estancias oficiales y sabía que había que recular, pero seguía indignado y, a fuer de gallego, no carecía de sorna. Así que pergeña una estudiada respuesta en la que adoptando el tono servil del cortesano pillado en renuncio, -la chusca alusión al autoproclamado paternalismo de la administración vía comparación con los deberes del paterfamilias -se las compone para seguir cantándole las verdades a su Excelencia.
No hay constancia de que la polémica fuera más allá, supongo que en el Gobierno Civil se conformaron con la aparente disculpa, el tiempo siguió su curso y las carreteras continuaron como estaban; pero leyendo la invocación que hace D. Antonio a lo observado en sus viajes, nos vino pintiparado a la memoria el famoso apotegma del chiste, popular en la época, y nos sonreímos imaginando al ilustre prócer, escrito en mano, exclamar con un bufido ¡Pues viaje menos y lea más los periódicos!



