La historia de la invención es pródiga en genialidades, pero también hay deslices u olvidos casi incomprensibles. Cuando en 1810 el comerciante inglés Peter Durand obtuvo la primera patente para la conservación de alimentos en cilindros metálicos soldados, y dos años después el también británico Bryan Donkin lanzó la primera fabricación en serie, las latas de conservas trajeron al ser humano uno de los mayores avances de la historia de la alimentación. Pero tanto Durand como Donkin pasaron por alto un pequeño detalle: cómo abrirlas.

De hecho, la aparición de las primeras latas de conservas es anterior: al menos desde 1772 la marina holandesa las empleaba a pequeña escala. Tanto las latas holandesas como las de Donkin estaban fabricadas en hierro, por lo que el envase pesaba más que el contenido. Pero sobre todo, aquellas latas de hierro forjado eran fortalezas casi inexpugnables. “Si un inventor encuentra una buena solución a un problema –cómo conservar alimentos por largo tiempo–, no siempre la escudriña en busca de sus defectos”, explica a OpenMind el ingeniero e historiador de la tecnología Henry Petroski, profesor de ingeniería civil de la Universidad de Duke (EE UU).

Abrir las latas a disparos

Según el libro A Complete Course in Canning and Related Processes (Susan Featherstone, ed., Woodhead Publishing, 14ª edición, 2015), por entonces “la comida enlatada solía venir con las instrucciones escritas: cortar alrededor de la parte superior cerca del borde con un escoplo y un martillo”. En la práctica los soldados y expedicionarios, los primeros en disfrutar de las ventajas de los alimentos de larga vida, solían recurrir a métodos más o menos imaginativos, desde bayonetazos a disparos, pasando por el golpe con una roca.

El primer intento racional del ser humano para encontrar una manera práctica y segura de abrir los envases que él mismo había creado no llegó hasta varias décadas después, pero fue gracias a una novedad. “Se desarrollaron latas con paredes más finas hechas de acero y fue más fácil resolver el problema”, según Petroski. En 1855, el británico Robert Yeates introdujo el primer abridor de latas: un mango de madera con una cuchilla en forma de garra que se clavaba en la tapa y se hacía girar trabajosamente recorriendo el borde. Tres años después el estadounidense Ezra Warner patentó un sistema parecido pero más complejo, con piezas recambiables.

Sin embargo, aquellos primeros abrelatas no eran mucho más sencillos de usar que el escoplo y el martillo. Según Featherstone, tales utensilios “nunca abandonaban la tienda de comestibles, ya que se consideraban demasiado peligrosos para que los usara la gente normal; el dependiente de la tienda debía abrir cada lata antes de que el cliente se la llevara”. No obstante, el primero que se creó para uso doméstico, con forma de cabeza de toro,  tenía un funcionamiento similar a los pioneros.

En 1866 llegó una gran novedad: el primer abrefácil para latas de conserva. El 2 de octubre, el neoyorquino J. Osterhoudt patentó una tapa con pestaña que se abría enrollándose. Aunque esta idea –que solemos identificar con las latas de sardinas– ha perdurado hasta hoy, pronto llegaría un mecanismo más popular para uso doméstico: la cuchilla circular.

Un abrelatas con forma de compás

El primer diseño, de 1870, fue obra del estadounidense William Lyman. Su uso era engorroso, ya que se utilizaba como un compás: una uña metálica se clavaba en el centro para después abrir en círculo con la ruedecilla afilada. Casi 55 años después se incorporó una segunda rueda dentada que se fijaba al borde de la lata para no perforar la tapa y en 1931 se aplicó un sistema para que se pudiera agarrar la lata con una sola mano. Aquel mismo año, el estadounidense Preston West patentó el primer abrelatas eléctrico, aunque no llegaría a las cocinas caseras hasta 1956.

Desde entonces no han cesado de aparecer nuevos diseños: manuales, mecanizados, portátiles, de mesa o de pared… A pesar de la competencia, “algunos de los primeros diseños pueden dominar el mercado por su simplicidad de operación, eficacia o bajo precio”, explica Petroski. Tal y como ocurre con el sencillo abrelatas de cuchilla triangular con bisagra, un clásico en las cocinas y las excursiones, que fue diseñado  en 1942 para el ejército de EEUU.

Si hoy muchas latas vienen con una lengüeta para poder abrirlas sin utensilios, se lo debemos al estadounidense Ermal Fraze, quien durante un picnic en 1959 se vio obligado a abrir un bote de cerveza utilizando el parachoques de un coche porque había olvidado la llave perforadora. “Pensando que debía haber una manera más fácil, más tarde [Fraze] pasó toda la noche en vela hasta que inventó la anilla de tirar”, decía en 1989 su obituario en el New York Times. Hoy el humilde abrelatas ha quedado casi relegado al cajón de los trastos viejos, pero allí siempre lo encontraremos esperando a cumplir su función.

FUENTE: JAVIER YANES PARA OPENMIND